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Según un estudio, seis de cada diez familias están endeudadas

La economía cotidiana de millones de argentinos atraviesa una etapa de fuerte endeudamiento, donde el crédito dejó de ser una herramienta excepcional para convertirse en un recurso estructural de supervivencia.

Según un relevamiento de la consultora Focus Market, seis de cada diez hogares mantienen actualmente algún tipo de deuda, en un escenario atravesado por la pérdida del poder adquisitivo, la inestabilidad de los ingresos y una creciente dificultad para sostener el consumo básico.

El estudio, elaborado sobre una muestra de 2.670 viviendas y complementado con datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y del Banco Central de la República Argentina (BCRA), estimó que las familias acumulan compromisos por más de $39 billones, una cifra que refleja no solo la magnitud del fenómeno sino también su extensión territorial y social. Del total, $32,1 billones corresponden a deuda bancaria, mientras que $6,9 billones pertenecen a deuda no bancaria, evidenciando un cambio estructural en las fuentes de financiamiento.

Del crédito informal al sistema bancario 

Uno de los aspectos más relevantes del informe es la modificación en el perfil del endeudamiento. Durante los años previos, el acceso restringido al crédito formal llevó a los hogares a recurrir a mecanismos alternativos, como préstamos informales, financiamiento comercial o esquemas no regulados. Sin embargo, el escenario comenzó a modificarse.

En 2023, el 41,3% de los hogares registraba deuda bancaria, mientras que el 82,6% recurría a deuda no bancaria. Para 2025, esos valores evolucionaron a 47,9% y 61,6%, respectivamente. Ya en el inicio de 2026, la tendencia se profundizó: el 55,1% de los hogares posee deuda bancaria, mientras que la no bancaria descendió al 59%.

Este corrimiento indica una mayor penetración del sistema financiero formal, impulsada en parte por la expansión de productos como tarjetas de crédito, préstamos personales y líneas de financiamiento digital. Sin embargo, también implica una mayor exposición de los hogares a condiciones contractuales más rígidas y a mecanismos de penalización en caso de incumplimiento.

El informe no solo mide el volumen de la deuda, sino también su impacto real en la economía doméstica. En promedio, la deuda bancaria por hogar endeudado alcanza los $5.702.809, mientras que la deuda no bancaria promedia $1.149.431.

La evolución histórica muestra un crecimiento acelerado: en 2025, la deuda bancaria promedio era de $4.660.549, y en 2023 apenas llegaba a $377.664. Este salto no puede entenderse sin considerar el contexto inflacionario y la caída del ingreso real.

Medido en términos de salarios, el deterioro es aún más evidente. El stock de deuda pasó de representar 1,43 salarios registrados en 2023 a 3,46 salarios en enero de 2026, según el índice RIPTE. En otras palabras, los hogares necesitan hoy más del doble de ingresos para cancelar sus deudas en comparación con tres años atrás.

Este dato refleja una dinámica preocupante: aunque el crédito crece, lo hace sobre una base de ingresos debilitados, lo que incrementa el riesgo de sobreendeudamiento.

En paralelo, el crédito ganó protagonismo dentro de la economía general. De acuerdo con el BCRA, el stock de préstamos al sector privado alcanzó en enero de 2026 el 13,6% del Producto Bruto Interno (PBI), más del doble del 5,2% registrado en diciembre de 2023.

Este crecimiento fue impulsado principalmente por el financiamiento a los hogares, por encima del crédito productivo. En la práctica, esto implica que una porción creciente del consumo cotidiano —desde alimentos hasta servicios— está siendo financiada con deuda.

El fenómeno no es menor: cuando el crédito reemplaza al ingreso como motor del consumo, la sostenibilidad del sistema depende directamente de la capacidad futura de pago, lo que introduce un factor de fragilidad en la economía.

La morosidad en alza

El avance del endeudamiento viene acompañado de un deterioro cada vez más visible en la capacidad de pago. La cartera irregular total —indicador que mide los niveles de mora— pasó del 2,7% en enero de 2025 al 10,6% en enero de 2026, lo que implica que la morosidad casi se cuadruplicó en apenas doce meses.

El impacto es transversal, aunque afecta con mayor intensidad a ciertos productos financieros:

Los préstamos personales registraron un salto del 3,5% al 13,2%, convirtiéndose en uno de los segmentos más comprometidos. Las tarjetas de crédito, por su parte, pasaron del 2% al 11%, reflejando dificultades crecientes para afrontar pagos mínimos y refinanciaciones.

El dato más crítico se observa en la categoría de “otros préstamos”, que incluye líneas de menor monto y mayor informalidad dentro del sistema: su tasa de irregularidad escaló del 10,7% al 31,9%, lo que implica que casi un tercio de esa cartera se encuentra en situación de mora.

En contraste, los créditos hipotecarios se mantienen estables en torno al 1%, lo que evidencia un comportamiento distinto cuando existe un activo como respaldo. En estos casos, el riesgo de perder la vivienda actúa como un fuerte incentivo para cumplir con las obligaciones.

  El director de Focus Market, Damián Di Pace, subrayó que la dinámica del endeudamiento está fuertemente condicionada por el costo del crédito. Según explicó, una baja en las tasas de interés puede aliviar la carga financiera y mejorar la capacidad de pago, especialmente en los sectores de ingresos medios y bajos.

No obstante, advirtió que este mecanismo tiene límites. Sin estabilidad macroeconómica y sin previsibilidad en los ingresos, una expansión del crédito puede derivar en nuevos desequilibrios, profundizando el problema en lugar de resolverlo.

En este sentido, la relación entre inflación, salarios y financiamiento aparece como el eje central para entender la evolución futura del endeudamiento.

La deuda bancaria ya supera el 55% de los hogares, mientras que la no bancaria se mantiene cercana al 59%.

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